martes, 23 de abril de 2013

AyB 280 - 14 Julio 2011

AyB 280 - 14 Julio 2011











No nos referimos a un ente que posee la propiedad de ser invisible. Por ejemplo el hombre invisible, tantas veces protagonista de antiguas y modernas películas, o simplemente Dios. No. Nos referimos a entes perfectamente concretos, existentes y visibles que por una brujería son invisibilizados, hechos invisibles contra su voluntad y su naturaleza. Esta brujería está extensamente difundida y es utilizada universalmente. Se trata del tipo de metonimia que consiste en hacer pasar la parte por el todo. La utilizamos cada rato. “Los venezolanos son felices” hace invisibles a los venezolanos que no son felices. “Estamos mal pero vamos bien” invisibiliza a los que estamos bien y vamos mal. “No hay libertad de expresión” transforma en invisibles a las amplias mayorías que dicen lo que les da la gana.

Esta brujería lingüística en la mayoría de los casos se emplea por pura comodidad y hasta con fines poéticos. Pero es un instrumento poderosísimo de la clase dominante que lo utiliza extensivamente para convencer de que todo marcha bien, de que nada marcha mal y de que todo debe seguir como está. Los privilegiados con sus privilegios. El truco es hacer desaparecer lo que está mal, los conflictos, las miserias, las marginaciones y persecuciones. Se presenta la parte bonita, agradable como el todo y se hace desaparecer la parte inconveniente. No se ve, no está presente, no cuenta, no importa, no existe.

Este comentario resulta de la lectura de muy diversas publicaciones académicas, oficiales, de los medios masivos públicos y privados y de todo tipo referidas al problema de la vivienda en el país. Tomemos el caso de las viviendas producidas en Venezuela en los 20 años que separan los Censos de 1981 y 2001. La revista Debates, del IESA, (segundo trimestre de 2011) tiene un extenso material sobre “Vivienda”. Establece que en esos 20 años se construyeron 1.280.000 viviendas por el sector público y el privado. El semanario 6to. Poder (26-06 al 03-07 de julio de 2011) da la cifra de 1.200.000 viviendas. Diversas series de Ministerios e Institutos se refieren solo a las producidas por el sector público. Las Cámaras suelen incluir las de los sectores públicos y privados. Las cifras más o menos coinciden.

Sin embargo el Censo de 1981 dice que en esa fecha existían 3.060.000 viviendas en Venezuela y el de 2001 que la cifra era 6.050.000. Es decir que en el período se construyeron 2.990.000 viviendas. Hay entonces 1.750.000 más que según la cuenta institucional. ¿Existen? ¿De dónde salieron? Las construyeron las gentes por su propia cuenta, fuera de los controles y estadísticas formales. Y no son ranchos. En 1981 había 492.000 viviendas inaceptables y en 2001 490.000, es decir que todas las que se construyeron fueron aceptables, según el Censo.

¿Existen? Por supuesto que en la realidad existen. En la mente de las clases y dirigentes que ostentan el poder y la riqueza no existen. Son una simple nebulosa, allá lejos en las montañas o perdidas en los horizontes lejanos. No existen para ellos, nunca las nombran, no son una variable a tomar en cuenta cuando se formulan políticas y planes. Se trata de que para todo el mundo sean esa fastidiosa y nula nebulosa. Se llega a los extremos de que el Banco Central, cuando prepara las informaciones sobre las cuentas nacionales no incluye el valor de esas centenares de miles de viviendas construidas fuera del marco formal.

Es posible que la mentalidad dominante no haya cambiado en los últimos 20 años. Que los patrones de pensamiento sigan siendo los mismos. Que su visión del país esté totalmente deformada por esa ignorancia de su realidad, por esa invisibilidad, que les impide encontrar la ruta adecuada. Tal vez deberían comprarle a Jack Sparrow su formidable brújula.

 

DESPUÉS DE LA EUFORIA


Acabamos de presenciar una Caracas inédita. El Bicentenario tuvo un halo mágico. Calles, bulevares y edificios, patrimoniales o no, fueron tomados por la alegría y el espectáculo para diversos gustos. La bailadera y la cantadera se desparramaron, y juntaron al paseante común con ministros, artistas y políticos. La algarabía Bicentenaria quedará como un ejemplo de cómo la ciudad puede ser otra y como sus habitantes pueden vivir, disfrutar y formarse con otros valores y otras expectativas. Como relacionarse entre sí, con los otros y con la ciudad y su patrimonio histórico y moderno.

Dos reflexiones surgen de esta fugaz e idílica ciudad: ¿cómo sostenerla en el tiempo? y ¿qué viene después? La reinauguración de los espacios públicos y su uso intensivo por la gente debe ser cotidiano y no, pasajero, por cortos días. Debe ser permanente, diario, a toda hora. La segunda, tiene que ver con la administración de la ciudad. Con la conserjería urbana. Con la planificación.

Ambas consideraciones convergen hacia la visión de ciudad que aspiramos y hacia la organización y manejo que debemos desarrollar para alcanzar esa ciudad que deseamos. Atrevidamente, y con las debidas excusas, la actual estructura de gobierno y de administración, bien sea regional, metropolitana o municipal, en Caracas y en la inmensa mayoría de las ciudades, capitales de estado o no, es inadecuada e ineficiente, a pesar de esfuerzos y logros parciales y puntuales.

Venezuela es actualmente, una casi milagrosa experiencia colectiva sin antecedentes similares. Plena de necesidades y oportunidades, de experimentos y transformaciones, de esperanzas y realidades. De búsqueda creativa e inteligente. La ciudad es una condición esencial del “buen vivir” reiteradamente expresado para sustentar y estimular las misiones y estrategias públicas, de mayor trascendencia del gobierno socialista.

Hay que repensar lo territorial y lo urbano. Basta de la “emergenciadera” como forma casi constante de atender a la ciudad y sus asuntos. Tenemos que curar a la sociedad para tener ciudades sanas. ¡Tamaño reto! Ahora, que terminó el afán celebrativo, ¿cómo mantenemos, ampliamos y extendemos esa sabrosa Caracas, después de la euforia?

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