lunes, 25 de marzo de 2013

AyB 144 - 17 Julio 2008

Ultimas Noticias | Jueves 17 de Julio de 2008


Henrique Hernández Alejandro López Alfredo Roffé

acerasybrocales@gmail.com

La publicidad recubre el mundo: un abuso antidemocrático


Dicen que la publicidad es indispensable. Que sin ella el mundo se muere, se despelotan los mercados, los ricos no saben si un Ferrari es mejor que un Mercedes y los pobres cuál marca de hojuelas de maíz tostadas es la más conveniente. Admitamos que, en este mundo capitalista en decadencia, todo ello sea cierto.

Admitamos que los productores diligentes y los comerciantes virtuosos necesitan informarnos de lo que están produciendo o importando. Admitamos que, sin publicidad, el mercadeo se queda ciego.

Lo que sin embargo no es posible admitir es el nivel de invasión a que ha llegado la publicidad en nuestras ciudades.

Deténganse por un momento y fíjense en lo que para todo ciudadano ya se ha vuelto costumbre diaria, paisaje normal, ambiente corriente, y que, por lo tanto, se escapa de nuestra atención. Se nos ha vuelto invisible la aberración con la cual un mar, un océano infinito y avasallador de mensajes comerciales está recubriendo nuestros espacios urbanos.

Desde el piso de las aceras hasta la punta de los techos de los edificios, una vegetación perversa, como en las selvas de las películas de Hollywood, va ocupando poco a poco pero incansablemente superficies, fachadas, techos, aleros, marquesinas, puertas, ventanas y balcones. Parece como si, en una alianza secreta, todos los comerciantes, todo el que pretenda vender algo, lo que sea y a quien sea, grande, chiquito o mediano, caro, costoso o barato, útil e imprescindible o inútil y superfluo, hayan emprendido una campaña definitiva para no dejar un solo espacio vacío, un solo metro cuadrado, sin un mensaje publicitario, sin una valla, sin un pendón, sin un cartel, una pinta, una escrita, un anuncio o un neón.

Un abuso gigantesco, una agresión sin remedios, una desigual batalla visual está asfixiando a todos nosotros, inocentes e inermes ciudadanos.

Y no se trata tan sólo de los espacios construidos. No, toda superficie está disponible: también los carros, los autobuses, los vagones del metro, los carritos de los perrocalenteros, los kioscos, ya están recubiertos de publicidad. No nos queda refugio donde escondernos. De las garras visuales de la publicidad no hay salvación.

Lo grave es que no nos damos cuenta. Estamos irremediablemente insensibilizados. Nos parece justo y conveniente. Hay razones poderosas: la economía lo necesita, el progreso lo exige, la gráfica es activa y juvenil; sin publicidad, ¡qué fastidio!, el aburrimiento nos comería...

Nos han convencido. Y vencido. Se nos ha olvidado que una cosa es cambiar el canal de la tele cuando nos molesta la publicidad y otra cosa es lo inevitable y definitivo de la cara de la muchacha de la cerveza (u otra parte de su anatomía) delante de nuestra ventana. La ciudad y sus espacios públicos son de todos y de cada uno de nosotros; imponernos sin nuestro permiso tal avalancha de basura visual es un abuso dictatorial.

Es como si alguien nos obligara a colgar, permanentemente y bien a la vista, un afiche de publicidad en la pared de la sala de la casa. Porque la calle y la plaza son como la sala de la casa, no lo olvidemos.

En Sao Paulo han prohibido las vallas, nos dicen. En Caracas, en Maracaibo o Valencia, deberíamos rescatar el sentido de urbanidad, de decencia visual, de orden democrático, inclusive con relación a la publicidad. Pero, además del atropello visual, frente al cual los ciudadanos estamos indefensos, nos preguntamos, desde el punto de vista ideológico y político, si no tiene importancia el contenido, el significado y la trascendencia de esta avalancha consumista; si al gobierno revolucionario y a sus instituciones no les afectan para nada las consecuencias de este martilleo constante y global que va deformando hábitos y acostumbrando conciencias. ¿O el consumismo es inocente y la publicidad no envenena?



Tráfico


El tráfico es un problema de planificación territorial y urbana. Por lo tanto, es un tema complejo y de múltiples relaciones. Por eso requiere enfocarse multidisciplinariamente y en escalas diversas.

En las ciudades venezolanas, el tráfico se ha convertido en un factor perturbador, cuyos impactos en la población, en la salud, en la economía, en el ambiente, están por medirse. Si fuéramos conscientes del caos en nuestras ciudades, las cuales reflejan la pobreza, las imprevisiones y la ineficiencia, entre otras, lo urbano sería una prioridad nacional. Las respuestas son de grandes dimensiones. Desde la planificación hasta un semáforo. Desde una visión territorial y urbana hasta la observación de una calle en horas pico o cuando llueve. Por ser así de complejo e integral, sólo nos queda un pequeñito aporte al voleo.

Además de las sesudas decisiones: planificar, crear sistemas eficientes de transporte masivo, cambiar hábitos y modos de desarrollo, construcción de vías grandes y pequeñas, incorporar tecnologías de punta y dejar el asunto en manos de gente inteligente y eficiente.

Además de esas peludas cosas, ¿podrían los alcaldes entender que eso es también parte crucial de sus competencias, y que deben ocuparse de administrar el tráfico siempre, llueva o relampaguee? ¿Podrían los entes públicos y privados simplificar, tecnificar, disminuir y facilitar los trámites de cualquier índole – documentos personales, permisos, bancos, pagos, etc.– que eviten a los ciudadanos movilizarse inútilmente? ¿Podrían ser respetables –gracias a su honestidad, cordialidad y eficiencia– las autoridades del tránsito? ¡Por María Magdalena, hay que rescatar la autoridad en su real dimensión! ¿Podrían fijarse normas que sean claras, viables, lógicas, permanentes y actualizables? ¿Podría haber un horario escalonado y diferenciado de inicio y cierre de las diversas actividades educativas y de trabajo? –para así evitar que todos salgan al mismo tiempo por los mismos sitios–.

¿Podría zonificarse la ubicación de los centros educativos, asistenciales, de consumo, servicios, etc., para que estén, en la medida de lo posible, al alcance peatonal y así evitar viajes? En fin, ¿podría asumirse el tráfico urbano como un síntoma grave, entre otros hartamente mencionados en esta página, del desajuste de nuestra forma de ver y administrar la ciudad? ¿Será la hora de rescatar el sentido común y la eficiencia? El resultado del 23 de noviembre próximo definirá el destino de las ciudades venezolanas.

Tremendo reto. ¿Los alcaldes que elegiremos darán la talla y asumirán sus roles? ¿O seguirán transfiriendo sus responsabilidades hacia arriba?


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